Mirame. Acá estoy. Te estoy saludando con una sonrisa que
poco deja a la imaginación de los extraños -sé que es una locura, pero no tapas el sol con un
dedo-. Vos me encontrás y tenés los ojos llenos de pájaros -qué hermosa agonía la de la oruga
que se vuelve mariposa-.
Todo -o nada- pasa mientras jugamos a decirnos. ¿Decís?
¿Soñé que dijiste? La tarde en blanco y negro. Incierto... -a los cinco años crees que las hamacas
son naves espaciales-
Tu mano sobre la mía y mi mano acariciando una taza de café
que sabe a corazones rotos.
Nos vamos caminando despacito, como si la noche nos fuera a
esperar un poco más. Vos por tu lado, yo por el mío. Por ahí nuestro lado está a la vuelta
de la esquina.