Se miraban apoyar las manos en el sol. Se miraban. A veces se dejaban morir junto a la tarde… Arder, quemarse, consumirse, volver a ser ceniza.
Les gustaba jugar a la inocencia, contar los lunares, reír (Simulaban no haber aprendido a llorar). Y en trabajo de hormiga se escalaban centímetro a centímetro, se atragantaban de tanta miel, suspiraban satisfechos.
Las horas jamás alcanzaban. Corrían desesperados por las calles de la ciudad agarrados de la mano huyendo de relojes autoritarios. Hasta que un día decidieron inventar un momento sin tiempo ni espacio, una suerte de fotografía perfecta y eterna en donde poder refugiarse de los olvidos y los años.
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